En la gestión de inversiones existe un problema tan antiguo como el propio oficio: quien decide dónde va el dinero no siempre es quien lo pone. El gestor cobra comisiones por gestionar; el inversor asume el riesgo de que esa gestión salga bien o mal. Cuando los incentivos de uno y otro no coinciden, el conflicto está servido, aunque nadie lo diga en voz alta.
Nuestra respuesta a ese problema es sencilla y verificable: invertimos nuestro propio capital, con un mínimo del 5%, en cada vehículo que lanzamos. No en algunos. En todos.
Qué cambia cuando el gestor pone dinero
La coinversión no es un detalle de marketing. Modifica la forma en que se toman las decisiones porque cambia lo que el gestor tiene que perder:
- Selección de operaciones. Cuando parte del capital propio está en juego, la disciplina para rechazar una operación mediocre es mucho mayor. El sesgo a «hacer números» para cerrar deja de compensar.
- Gestión del riesgo. Un gestor coinvertido no busca maximizar el volumen bajo gestión, sino proteger el capital que él mismo ha comprometido a lo largo de toda la vida del activo.
- Horizonte temporal. Los intereses se alinean también en el tiempo: no interesa un exit prematuro que dispare comisiones si perjudica el retorno final compartido.
No pedimos al inversor que confíe en nuestro criterio. Le pedimos que observe dónde ponemos nuestro propio dinero.
Alineación, no promesa
La diferencia entre confianza y alineación es la diferencia entre una promesa y un hecho. Una promesa puede romperse sin coste; la alineación tiene consecuencias reales, porque el gestor sufre las mismas pérdidas y disfruta las mismas ganancias que el inversor al que representa.
Por eso decimos que no vendemos rentabilidades: explicamos cómo las construimos, con sus supuestos y sus riesgos, y dejamos que el inversor decida con toda la información. Nosotros ya hemos decidido antes que él, poniendo capital propio en la misma operación. Es el punto de partida de todo lo demás.
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